Poesía y revolución

Artículo publicado en la revista La Garbía, número 11, en marzo de 2022

Los poetas y la poesía han estado ligados en muchas ocasiones a grandes revoluciones y luchas por la libertad. Basta recordar cómo Byron murió lejos de su hogar, luchando por la libertad de Grecia frente al Imperio Otomano, cómo el primer capítulo de la Guerra Civil Española se escribió con la sangre de uno de nuestros más grandes poetas, el «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres» de Dámaso Alonso o cómo Rafael Alberti, Pablo Neruda y muchos otros pusieron sus versos al servicio de las revoluciones comunistas.

 

Salvo en algunos países donde la figura del dictador continúa vigente, podría parecer que ya no tienen sentido esas grandes revoluciones del pasado, en las que los pueblos se levantaban contra los poderosos y las personas entregaban su vida en una lucha que podía desembocar en violencia. Tampoco nuestra sociedad occidental y demócrata precisa de esas revoluciones, por más que nos intenten convencer de la existencia de conflictos que sí merecen una lucha violenta.

 

Nuestra sociedad ha evolucionado, pero en el camino, la sociedad del ocio y la calidad de vida han hecho que la población se encuentre en una suerte de letargo y desencanto. El estado de desinformación y la crisis de valores que vivimos acentúa el desafecto hacia la sociedad en su conjunto y hacia las personas que no pertenecen a nuestro círculo más íntimo.

 

El tiempo que nos ha tocado vivir exige otro tipo de revoluciones: la revolución del pensamiento, la revolución de los valores, de lo que nos enseñaron y lo que creímos, de lo que se nos oculta o se nos cuenta. El teocentrismo de la Edad Media dio paso, en el Renacimiento, al Humanismo, un mundo en que la persona es el eje y la medida de todas las cosas. Sin embargo, ¿en qué momento ese Humanismo se convirtió en el egocentrismo que vivimos en la actualidad?

 

El hecho cultural se ha convertido, en ocasiones, en una herramienta más de propaganda y en todo caso, en una industria que persigue el enriquecimiento no ya del artista, sino de las empresas que participan de ese negocio. Muchas manifestaciones culturales se oponen, directamente, a los intereses de la misma sociedad, solo hay que escuchar las letras de algunas canciones que blanquean la desigualdad entre mujeres y hombres, cosificando y minusvalorando a las primeras.

 

Otro peligro al que nos enfrentamos en la actualidad es el de la banalización del lenguaje y el abandono y el desconocimiento de las palabras, de sus significados y de la manera adecuada de utilizarlas, lo que provoca una simplificación del pensamiento y una importante merma en la capacidad de razonamiento y análisis. El poeta argentino Rodolfo Alonso escribió en 2007:

«La cuestión es que si decae el lenguaje humano, decae la condición humana. Porque no usamos el lenguaje, insisto, somos lenguaje. Y cuanto menos lenguaje somos, somos menos humanos»

Observación, reflexión y acción

Para hablar de poesía y revolución y entender cómo se puede influir en la sociedad desde los versos de un poema, es necesario detenerse para analizar el proceso de creación de la poesía, que se estructura en tres fases: observación, reflexión y acción.

Observación

El poeta observa la realidad, toda la realidad, intentando desprenderse de prejuicios y visiones sesgadas. El poeta lo observa todo: la Naturaleza, las personas que caminan por la calle y los niños que juegan en las plazas, observa el vuelo de los pájaros y los aviones, la miseria que se esconde en algunos portales. En definitiva, el poeta observa el mundo en el que vive, lo bueno y lo malo.

 

Pero no solo lo exterior debe observarse, al contrario, el poeta debe observar el interior de uno mismo y del resto de personas: las emociones, los anhelos, las frustraciones, lo luminoso y lo oscuro que el ser humano cobija en su interior.

 

Observar no es lo mismo que ver. Observar implica intención e interés. Ver no sirve de nada porque vemos lo que nos interesa en función de nuestros intereses y valores. Ver es un hecho pasivo: solo una parte de la realidad se muestra, sin ninguna intención por nuestra parte. Observar es dejar de ver para empezar a mirar.

Reflexión

Tras haber observado la realidad, es necesario reflexionar. En estos tiempos que corren reflexionamos poco y juzgamos demasiado. Reflexionar es pararse a pensar en lo que hemos observado y preguntarnos a nosotros mismos los orígenes, las razones y las consecuencias de las cosas que pasan.

 

Cuestionarnos a nosotros mismos es la mejor forma de reflexionar. Hacernos preguntas e intentar responderlas como si nosotros no fuéramos nosotros. Qué poco nos cuestionamos las cosas. Vivimos en una sociedad en la que las personas somos expertas en todo y de todo tenemos una idea clara y concisa. Qué poco nos cuestionamos. Qué poco reflexionamos.

Acción

La Cultura nació en el Neolítico, de la mano de la agricultura. Porque Cultura significa cambio (agricultura: cambio de la tierra). Si no hay cambio, no hay cultura. Si lo que observamos y sobre lo que reflexionamos no genera un cambio en nosotros, si no nos impulsa a la acción, entonces somos incultos.

 

Esto es lo que hace el poeta: observar, reflexionar y actuar mediante la escritura en la forma más sintética y que más fácil penetra en el interior de las personas: la poesía. Si no observamos, ¿cómo sabremos quiénes somos y cómo es el mundo en que vivimos? Porque si no reflexionamos, ¿qué nos diferencia de los árboles, de los ríos o de las hormigas? Porque si no actuamos, ¿de que nos han valido más de 2 millones de años de evolución?

La función de los poetas y la poesía

Víctor Hugo escribió en 1824: «El poeta debe marchar por delante de los pueblos, como una luz y mostrarles el camino».

 

La poesía debe despertar la emoción, invitar a la reflexión y ser capaz de motivar a la acción, debe proponer el cambio que suponga la mejor expresión posible del ser humano. El escritor estadounidense William Faulkner, reflexionando sobre el papel del poeta en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1949, afirmaba:

«Creo que la Humanidad no simplemente perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque solo él entre las criaturas tenga una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de estas cosas. Es su privilegio ayudar al hombre a perdurar aupando su corazón, recordándole el coraje, el honor, la esperanza, el orgullo, la compasión, la misericordia y el sacrificio que han sido la gloria de su pasado»

El también ganador del Nobel de Literatura, Octavio Paz, escribió en 1956:

«La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo. La actividad poética es revolucionaria por naturaleza; es un ejercicio espiritual, es un método de liberación interior»

La lucha

La poesía es una forma de lucha, de una lucha pacífica, alejada de la ira, además de guardiana de nuestra memoria, de la cultura y de ese tesoro que es nuestra lengua. La poesía, a través de la emoción es capaz de impactar en las personas y hacerlas reflexionar y, por qué no, cambiar.

 

El simple hecho de escribir o leer poesía tiene ya una carga simbólica y supone tal alejamiento de la industrial actual del ocio y el entretenimiento que esas personas pueden ser consideradas una suerte de resistencia frente a un sistema que fomenta la ausencia de reflexión e introspección.

 

La poesía puede ser una palanca para hacer de este un mundo mejor, para remover las conciencias, poner frente al mundo, cara a cara, la belleza del lugar en que vivimos y la bondad de las personas con que nos cruzamos cada día, pero también puede motivarnos a que prestemos la debida atención e interés ante el dolor y las injusticias que asolan nuestra sociedad.

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